Mi periplo yóguico

Extracto de “Luz sobre la vida” de B.K.S. Iyengar

La mayoría de los que empiezan a practicar yogasana, posturas de yoga, a menudo lo hacen por razones prácticas y físicas. Tal vez a causa de algún problema médico como dolor de espalda, una lesión deportiva, hipertensión arterial o artritis. O tal vez como resultado de una preocupación más amplia que tiene que ver con el acceso a un estilo de vida mejor o con controlar el estrés, problemas de peso o de adicción. Son muy pocos los que empiezan con el yoga porque lo consideren un medio para realizar la iluminación espiritual, y son muchos los principiantes que pueden mostrarse bastante escépticos ante la idea de la realización espiritual del sí-mismo. En realidad, no es mala cosa, porque significa que la mayoría de las personas que llegan al yoga son gente práctica con problemas y metas prácticas, gente con los pies en la tierra, tanto en sus modos como en sus medios de vida, gente sensible.

Cuando yo empecé mi camino en el yoga tampoco contaba con comprensión alguna acerca de la grandeza del yoga. Yo también buscaba beneficios físicos, y eso fue verdaderamente lo que me salvó la vida. Cuando digo que el yoga me salvó la vida no exagero nada. El yoga fue lo que me permitió renacer con salud a partir de la enfermedad y lo que me insufló firmeza a partir de la fragilidad.

En la época en que nací, en diciembre de 1918, la India, como tantos otros países en aquellos momentos, estaba siendo devastada por una catastrófica epidemia mundial de gripe. Mi madre, Sheshamma, se hallaba en las garras de la enfermedad estando embarazada de mí. Y como resultado de ello nací con una naturaleza muy enfermiza. Tenía los brazos y piernas como alambres, y un estómago protuberante y desgarbado. Era tan frágil que de hecho no esperaban que sobreviviese. Mi cabeza solía colgar a un lado, y me costaba muchísimo levantarla. Era desproporcionadamente grande con respecto al resto de mi cuerpo, y mis hermanos y hermanas solían burlarse de mí. Fui el undécimo de trece hermanos, aunque sólo sobrevivieron diez.

Esa fragilidad y mala salud me acompañó de manera constante en mis primeros años. De chico sufrí innumerables dolencias, incluyendo ataques frecuentes de malaria, fiebre tifoidea y tuberculosis. Mi mala salud iba de la mano, como suele suceder cuando uno está enfermo, con un estado de ánimo parejo. Me solía sumergir en un estado de profunda melancolía, y en ocasiones me preguntaba si valía la pena seguir viviendo.

Crecí en la aldea de Bellur, en el distrito de Kolar del estado indio sureño de Karnataka, una pequeña comunidad campesina de unas quinientas personas, que se ganaban la vida cultivando arroz, mijo y unas cuantas verduras. Mi familia estaba en mejor situación que muchas otras, pues mi padre heredó un pequeño terreno y también recibía un salario estatal por ser maestro en un pueblo más grande a distancia. En aquella época Bellur carecía de escuela propia.

A los cinco años de edad, mi familia se trasladó de Bellur a Bangalore. Mi padre sufría de apendicitis desde pequeño y nunca se había tratado. Poco antes de mi noveno cumpleaños, la apendicitis, que se manifestó de nuevo, resultó fatal en aquella ocasión. Mi padre me llamó junto a su lecho de enfermo y me dijo que se iba a morir cuando yo estaba a punto de cumplir nueve años, igual que su padre había muerto cuando él estaba a punto de cumplir los nueve. También me dijo que lo había pasado muy mal en su juventud, que tuvo que luchar mucho, y que yo también tendría una juventud muy difícil, pero que acabaría teniendo una vida feliz. Me atrevería a decir que la profecía de mi padre acabó cumpliéndose tanto en lo referente a las dificultades como a la felicidad. Su desaparición dejó un gran vacío en mi familia, y no hubo ninguna presencia sólida que me guiase a través de mi enfermedad y educación. Solía faltar a clases por enfermedad y me retrasé en los estudios.

A pesar de que mi padre fue maestro, en mi familia eran brahmines, miembros de la casta sacerdotal índica, nacidos para una vida de deberes religiosos. Lo normal es que un brahmin se gane la vida a través de las ofrendas realizadas por la gente, obteniendo pago por la celebración de ceremonias religiosas, y en ocasiones mediante el patrocinio de una familia o una persona rica aristocrática. De acuerdo con la tradición índica, los brahmines suelen casarse con personas pertenecientes a otras familias brahmines, a través de matrimonios acordados. Así que a mi hermana la dieron en matrimonio a la edad de once años a un familiar lejano, Shriman T. Krishnamacharya. Fue una unión excelente, ya que él era un venerable y respetado erudito tanto en filosofía como en sánscrito. Tras completar sus estudios académicos, Krishnamacharya pasó muchos años en el Himalaya, cerca de la frontera entre Nepal y el Tibet, estudiando yoga bajo la tutela de Shri Ramamohana Brahmachari.

En aquella época, los maharajás, los reyes indios, vivían en grandes fortalezas, cabalgando elefantes para cazar tigres en sus feudos particulares, a veces más grandes que muchos países europeos. El maharajá de Mysore oyó hablar de la erudición de mi cuñado y de sus proezas yóguicas y se interesó por él. El maharajá le invitó a enseñar en su colegio sanscritista, y más tarde a que abriese una escuela de yoga, en su magnífico palacio de Jaganmohan. El maharajá también pedía de vez en cuando a Krishnamacharya que viajase a otras ciudades a difundir el mensaje del yoga entre un público más amplio. En 1934, durante una de estas giras, cuando yo tenía unos catorce años, mi cuñado me pidió que fuese de Bangalore a Mysore para pasar un tiempo con su esposa (mi hermana) y su familia mientras él se hallaba ausente. A su vuelta, cuando le pedí permiso para regresar junto a mi madre y el resto de mis hermanos y hermanas, él me propuso que en lugar de ello me quedase en Mysore trabajando en el yoga a fin de mejorar mi salud.

Al ver que mi estado de salud general era tan malo, mi cuñado me recomendó un severo régimen de práctica yóguico para ponerme en forma y fortalecerme a fin de poder hacer frente a las pruebas y retos que debería encontrar al acercarme a la madurez. No sé si se fijó en ello o no, pero en aquella época mi cuñado no dijo nada acerca de mi desarrollo espiritual o personal. La situación parecía la adecuada y el momento el propicio, asi que inicié mi formación en la escuela de yoga de mi cuñado.

Fue un momento decisivo en mi vida, el momento en que tuve un encuentro con mi destino, teniendo que decidir si lo abrazaba o echaba a correr. Como les ocurre a tantas personas, esos momentos claves pasan sin grandes aspavientos, pero se convierten en el punto de partida para muchos años de esfuerzo y crecimiento. Así fue como mi cuñado, Shriman T. Krishnamacharya, se convirtió en mi reverenciado profesor y guru, ocupando el lugar de mi madre y de mi padre fallecido, como mi tutor.

Uno de los deberes que solía tener que llevar a cabo durante ese periodo de mi vida era ofrecer demostraciones de yoga en la corte del maharajá y frente a dignatarios visitantes y huéspedes. Mi guru tenía el deber de proporcionar instrucción y diversión al séquito del maharajá, mostrando y poniendo a prueba las habilidades de sus estudiantes –yo era uno de los más jóvenes de entre ellos—, haciendo que sus cuerpos se estirasen y se doblasen en las posturas más impresionantes y asombrosas. Yo llevé mi práctica al límite a fin de cumplir mi deber para con mi profesor y tutor, y para satisfacer sus exigentes expectativas.

Tras cumplir dieciocho años me enviaron a Pune a difundir la enseñanza del yoga. Al llegar allí carecía del dominio del idioma, no tenía comunidad ni familia ni amigos, ni tampoco un empleo seguro. En aquellos tiempos todo lo que tenía era mi práctica de asana, de posturas yóguicas, pero carecía de prácticas respiratorias de pranayama, de textos y de filosofía yóguica.

Me enmarqué en la práctica de asana como alguien que emprendiese la vuelta al mundo en un barco que apenas pudiera manejar, aferrándose a él como a un salvavidas y con las estrellas como único consuelo. Aunque sabía que otros habían navegado dando la vuelta al mundo antes que y, lo cierto es que carecía de cartas de navegación. Para mí era un viaje de descubrimiento. Con el tiempo encontré algunas cartas, a menudo trazadas algunos cientos o miles de años antes, y comprobé que mis descubrimientos correspondían y eran confirmados por los suyos. Continué, animado y estimulado, para ver si yo también podría realizar sus distantes recaladas y aprender a gobernar mejor mi embarcación. Quería trazar todo el litoral precisamente, sondear las profundidades de todo mar, dar con islas maravillosas y desconocidas, y registrar todos y cada uno de los bajíos ocultos y mareas que amenazan nuestra navegación en el océano de la vida.

De este modo, mi cuerpo se fue convirtiendo en mi principal instrumento para saber qué era el yoga. Este lento proceso de refinamiento empezó entonces y continua en mi práctica hasta el presente. A lo largo de ese tiempo, la práctica de yogasana me reportó incontables beneficios físicos y me ayudó a dejar de ser un niño enfermizo y dedicado para convertirme en un joven razonablemente en forma y ágil. Mi propio cuerpo fue el laboratorio en el que pude comprobar los saludables beneficios del yoga, pero también me di cuenta de que el yoga tenia tantos beneficios para mi cabeza y mi corazón como para mi cuerpo. Sería imposible sobrevalorar la gratitud que siento hacia esta gran disciplina que me salvó y ennobleció.