Desde marzo Clases de Yoga Iyengar para niños de 9 a 12 años en Ñuñoa

Desde el martes 12 de marzo, entre 16:30 y 17:30 comienzan las clases para niños entre 9 y 12 años en Yoga Mukti sede Ñuñoa con Clau Díaz.

Es una clase destinada a niños de entre 9 y 12 años de edad. A través de un enfoque lúdico, los niños comienzan a familiarizarse con el mundo del yoga y sus simbolismos que hablan de héroes, animales, objetos de la naturaleza y de la creación humana. De ese modo, aprenden a conocer sus cuerpos y a actuar con calma y concentración cuando las circunstancias lo requieren. Además, desarrollan fuerza, flexibilidad, coordinación con una actividad no competitiva ni violenta, y en donde la compasión hacia sí mismos y hacia los demás es una clave fundamental.

A través del yoga, los niños aprenden que es posible lidiar con sus preocupaciones y las dificultades de lo cotidiano, aportando lo mejor de ellos mismos en cada circunstancia. La capacidad de concentración aumenta de manera importante y muchas madres notan que uno de los primeros efectos, en el caso de niños extremadamente activos, es la posibilidad de dejan los medicamentos de lado.

Además, como toda la actividad se realiza en un ánimo de juego que no por ello deja de implicar seriedad, los niños logran disfrutar de cada practica. Aprenden algo nuevo en cada clase, lo comentan luego con sus amigos, se lo enseñan a los padres y así se van dando cuenta de que pueden aprender y enseñar de lo que aprenden, y que es a través de ese proceso que la vida se desarrolla.

Con la práctica del yoga, los niños aprenden de la naturaleza: imitan a sus animales y a sus elementos. Entienden como la fuerza vital que ellos tienen se armonizan con los del macrocosmos. Imitan la fuerza del león, y también la firmeza de la montaña. Se extienden como árboles hacia el cielo y respiran en silencio, o extienden su columna imitando el movimiento del gato. Las posibilidades son infinitas, y cada asana, cada postura les entrega un pequeño universo en el que ellos se pueden expresar y de los cuáles pueden aprender.

Comprenden que la ira, la frustración o la tristeza no se palian a golpes o con pataletas, sino que a través de un proceso en que hay que calmarse, centrarse y desde ahí comenzar. Y lo ven claramente: al comienzo de la clase algunos estás tristes pues sacaron mala nota. Otros están felices pues su equipo ganó un partido… y así, cada uno con una emocionalidad diferente. Sin embargo, al finalizar la práctica, la energía que los mueve es similar. El que llegó triste se equilibra. El que llegó sobreexcitado, se equilibra. Ese entendimiento va quedando como una huella indeleble pero presente en la vida cotidiana.